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domingo, 1 de diciembre de 2013

REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria–
Nº 15 – Diciembre de 2013 – Año IV
ISSN 2250-4281
Inscripción gratuita como LECTOR
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indicando nombre y apellido, ciudad y país
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Marco Polo ante Kublai Khan.

Sumario:

Poesía
• El poeta D.H. Lawrence, más conocido como narrador. (Luis Benítez)

Narrativa
• “La autopista del sur” de Julio Cortázar. Cuento y análisis. (Héctor Zabala)
• La razón personal, última instancia de la moralidad. (Anna Rossell)
• El primer best seller. (María Amelia Díaz)

Ensayo
• Narrativa chilena ultrarrealista. (María Isabel Amor Illanes)

Y algo más…
• La literatura de viajes durante la globalización del siglo XV. (Vivina Perla Salvetti)

Nuevas colaboradoras de Realidades y Ficciones (currículos):
• María Amelia Díaz, Castelar (Pcia. Buenos Aires), Argentina
• Vivina Perla Salvetti, Porlamar (Isla de Margarita, Nueva Esparta), Venezuela - Villa Ballester (Pcia. Buenos Aires), Argentina



Poesía

EL POETA D.H. LAWRENCE, MÁS CONOCIDO COMO NARRADOR
Luis Benítez ©

Eastwood es un pequeño pueblo aún, de apenas dieciocho mil habitantes. Está ubicado en el arruinado paisaje de los Midlands, la porción central del Reino Unido devastada por la revolución industrial y casi en el límite con el Black Country, la porción más afectada. Allí en el siglo XIX la contaminación provocada por las fábricas, las refinerías, las minas de coque y carbón, era tan alta, que la reina Victoria mandaba cerrar las ventanillas de su carruaje durante todo el trayecto que demandaba cruzar el feo paisaje del corazón fabril de Inglaterra.
D.H. Lawrence
Cuando nació David Herbert Richards Lawrence, el 11 de septiembre de 1885, sólo tenía Eastwood 4.500 habitantes y era una aldea de mineros, la actividad principal de la zona. En el país más poderoso y rico del mundo, el promedio de edad que alcanzaba la clase trabajadora no llegaba a los 40 años pero el padre de nuestro autor, Arthur John Lawrence, un minero semianalfabeto, fue la excepción, gracias a que llegó a capataz. Sin  embargo, la situación económica de los Lawrence no era la mejor y la madre del autor, Lydia, que antes de casarse se había dedicado a la docencia, en el frente de la casa vendía botones y puntillas para ayudar a vestir y alimentar a sus cuatro hijos. Las diferencias culturales entre sus padres dejaron su impronta en el hijo que luego sería considerado, por el autor Edward Morgan Forster, como “el novelista imaginativo más grande de nuestra generación”. Y sobre su relación con su violento y alcohólico padre, sirve de fiel testimonio aquello que Lawrence le escribió, muchos años después, a la poeta Rachel Taylor: “Nací odiando a mi padre, ya que desde que puedo recordar, me estremecí de horror la primera vez que me tocó”.
Bert, como siempre se lo conoció, era habitado por dos espíritus: uno violento y desafiante, proclive a los excesos –al menos para los criterios de la época victoriana que le tocó vivir y maldecir– tanto de pluma como de actos y otro refinadísimo, de una sensibilidad extremadamente alta, como bien veremos.
También el entorno obrero que lo rodeó en su primera juventud dejó su huella en Bert, un mundo violento donde el gin apenas compensaba la miseria circundante y el peligro constante; un mundo donde los mineros se arrastraban por corredores de sólo 70 cm de altura, a decenas de metros de profundidad, para extraer a mano el carbón; donde los derrumbes y las explosiones eran cosa de todas las semanas, donde la vida humana nada valía frente a las necesidades de la expansión económica. De allí, con toda probabilidad, viene el odio que Bert sintió durante toda su vida por la sociedad industrial, la hipocresía que condenaba a la miseria y la degradación a miles de seres humanos a fin de sostener un imperio de lujo, extendido desde la India hasta Canadá, desde Australia hasta Escocia. Un imperio que había forjado un modo de ser que le dio nombre a esa época, el victorianismo, modelo para todas las otras sociedades, pero que detrás de esa brillante fachada ocultaba, como el Dr. Jekyll a Mr. Hyde, un monstruo. Un monstruo que cuando era exhibido siquiera con la sutileza y el ácido humor de Oscar Wilde, no dudaba en destruir al delator. Bert sería uno de esos delatores, más crudamente en sus novelas, más solapadamente en su poesía, pero tampoco escaparía al acoso ni a la marginación que la Inglaterra que hoy lo homenajea como a uno de sus mayores escritores le dispensó en vida, incluyendo una orden judicial en su contra y el desprecio que lo acompañó hasta la tumba.
La casa del número 8 de Victoria Street donde nació es hoy un museo y la escuela donde cursó la primaria lleva su nombre, pero sin duda fue un enorme alivio para Bert haber podido escapar de su destino de minero en Eastwood, gracias a su innegable inteligencia: ganó por sus propios méritos una beca del concejo del condado para seguir sus estudios en la cercana Nottingham, recién comenzado el siglo XX. Pero en 1901 dejaría sus estudios para sobrevivir como dependiente en una fábrica hasta que la neumonía terminara con esa ocupación  y lo devolviera a Eastwood, ya como maestro de escuela. Es en este período cuando Bert comienza a escribir sus primeros poemas y relatos, así como los iniciales bocetos de la que sería su primera novela, El Pavo Real Blanco, titulada inicialmente Laetitia.
En 1908 Bert vuelve a escapar de Eastwood para tomar un cargo como docente en el colegio londinense Davidson Road, ya graduado ese mismo año en la universidad de Nottingham, y sería en Londres donde conocería a quien iba a ser su mentor, el novelista y editor –hoy injustamente casi olvidado– John Madox Ford, a cargo entonces de la prestigiosa The English Review. Fueron los poemas de Bert los que atrajeron la atención de Madox Ford, quien se ocuparía de introducirlo en los círculos intelectuales y editoriales de la época. Paulatinamente, los cuentos y poemas de Bert comenzaron a circular, hasta que en 1911 se editó su novela, la mencionada El Pavo Real Blanco, un año después de la muerte de su madre, a causa del cáncer, un hecho altamente traumático para Bert. Cuando volvió a Eastwood llevó consigo un ejemplar de su novela y se la dio a su padre. El viejo minero leyó media página y le preguntó: “Bert, muchacho, ¿cuánto te han pagado por esto?”. “Cincuenta libras”, repuso Lawrence. “¿Cincuenta libras?, se asombró su padre, “Cincuenta libras y no conociste un solo día de trabajo duro. Tú nunca trabajaste como un hombre debe hacerlo”.
Al parecer Bert no se desanimó ni por la sentida muerte de su madre ni por el esbozo de crítica literaria de su padre; tampoco por el mediano éxito que alcanzó su primera novela –que no es de las mejores– pues siguió insistiendo, a la par que cortejaba a Frieda von Richthofen, la esposa de su antiguo profesor en Nottingham, Ernest Weekley, respetable señora perteneciente a la baja nobleza alemana, prima del luego famoso piloto de combate alemán Manfred Von Richthofen (el célebre y temido “Barón Rojo”, que derribó ochenta aviones enemigos en la Primera Guerra Mundial) y madre de tres hijos. Repuesto de un segundo ataque de neumonía –que presagiaba la tuberculosis que terminaría por matarlo– Bert intimó a Frieda: si quería seguir con él, debía abandonar a su marido y sus hijos, su posición social y los lujos y las comodidades que ésta acarreaba, para seguirlo a él prácticamente sólo con lo puesto.
Frieda aceptó. Los amantes escaparon a Alemania primero, donde Bert fue arrestado como sospechoso de ser un espía inglés –ya había vientos de guerra que se transformarían en la tormenta de la Primera Guerra Mundial–, para continuar su periplo por Italia, donde vivían escondiéndose en los bosques, robando avena para caballos a fin de poder comer y bañándose en los canales de regadío. Pero esas peripecias no fueron obstáculo para que Bert terminara de escribir su nueva novela, Hijos y Amantes, que se publicó en 1913. Era un fuerte retrato de las condiciones de vida de las clases obreras inglesas. Cuando se difundió la noticia, el nombre de Bert fue execrado en su natal Eastwood, pues su novela pintaba de un modo nada conveniente aquel mundo marginal que tanto había conocido. Cuando nuestro autor se volvió tan célebre como despreciable para el establishment literario de la época, sus antiguos vecinos lo odiaron más que antes, como décadas después le sucedió a John Steinbeck tras la publicación de La Perla, en su barrio californiano.
Pero los verdaderos problemas comenzarían después para Bert, en 1915, cuando se publicó su novela El Arco Iris. Con precedentes: Vueltos a Inglaterra un año antes, Bert y Frieda se casaron allí el 13 de julio de 1914, dos semanas antes del inicio de la Primera Guerra Mundial y la nacionalidad alemana de ella, unida al ferviente antimilitarismo de su flamante esposo, no podían menos que despertar sospechas en una sociedad hinchada de patrioterismo bien fomentado por el gobierno y los medios de comunicación de la época: sus antiguos amigos –por miedo o por conveniencia– les dieron la espalda y apenas tenían para sobrevivir en una economía de guerra. Cuando se publicó El Arco Iris cayó sobre él la censura y fue retirado de las librerías, mientras la corte dictaba una investigación por cargos de obscenidad. Mil ejemplares, los que alcanzó a secuestrar la policía londinense, fueron solemnemente incinerados por orden de la justicia. La secuela escrita por Bert de El Arco Iris, titulada Mujeres Enamoradas, no pasó el cerco de la censura y no pudo ser publicada hasta 1920, pero definitivamente no contribuyó a mejorar su fama en aquellos tiempos difíciles.
Scotland Yard seguía los pasos de la pareja con una devoción digna de sus mayores admiradores, investigando cada paso que daban, inclusive cuando acosados por las deudas y las presiones judiciales tuvieron que trasladarse una y otra vez, dejar Londres y buscar refugio en las áreas rurales, hasta llegar al pequeño pueblo de Zennor, donde en 1917 la pareja recibió una intimación para abandonar en tres días el poblado, en virtud del Acta de Defensa del Reino.
El fin de la guerra, el 11 de noviembre de 1918, no modificó demasiado el panorama para la pareja. El obligado vagabundeo, la miseria y el acoso permanente de las autoridades, recibieron un acompañante sospechado desde tiempo atrás: la tuberculosis de Bert se tornó evidente y todas esas razones llevaron a que iniciaran lo que él llamaría luego “la peregrinación salvaje”, buscando alguna parte donde pudiera reponer su salud y seguir con su tarea literaria, amén de no encontrar un policía de civil a cada paso. Así, ambos dejaron Inglaterra en 1919, iniciando un periplo asombroso que principió en Italia y Alemania, siguió por Australia, Ceilán, los Estados Unidos, México y Francia, donde la tuberculosis lo venció definitivamente el 2 de marzo de 1930. Tenía solamente 44 años. Un año antes –Bert tenía otra vocación, además de la literaria, que eran las bellas artes– la policía había allanado la Warren Gallery de Londres para confiscar sus pinturas, bajo el eterno cargo de obscenidad y atentado contra la moralidad y las buenas costumbres. No sin que él, en este período tormentoso, nos dejara algunas de sus mejores novelas: además de las ya mencionadas, también La serpiente emplumada (1926) y El amante de Lady Chatterley (1928)
La pregunta es obvia: ¿por qué tanta persecución contra este hombre de estatura mediana, flaco y desgarbado, tuberculoso, talentoso, que era poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y pintor, obligado a emprender un destierro que quería, necesitaba y a la vez no deseaba, visto que permaneció en Inglaterra hasta el límite mismo de las posibilidades?
La respuesta del Lawrence novelista y poeta quizás está en sus propias palabras: “Mi gran religión es creer en la sangre, en la carne, y en ser más sabio que el intelecto. Nos podemos equivocar en nuestras mentes, pero lo que nuestra sangre siente, cree y dice, es siempre verdad. El intelecto es solamente un freno”.
“Yo niego absoluta y francamente ser un alma, o un cuerpo, o un espíritu, o una inteligencia, o un cerebro, o un sistema nervioso, o un conjunto de glándulas, o cualquier otra parte de mí mismo. El todo es más grande que las partes. Pero hoy, después de tres mil años, después que estamos casi completamente abstraídos de la vida rítmica de las estaciones, del nacimiento, de la muerte y de la fecundidad, comprendemos al fin que tal abstracción no es ni una bendición ni una liberación, sino pura nada. No nos aporta otra cosa que inercia”.
“Hoy, después de tres mil años, después que estamos casi completamente abstraídos de la vida rítmica de las estaciones, del nacimiento, de la muerte y de la fecundidad…”, ése era el credo de Lawrence: un vitalismo extremo, una repulsa permanente ante una civilización occidental que llevó al hombre a convertirse apenas en el apéndice de las mismas máquinas que ha creado, sometido permanentemente a las apariencias de ser, cuando el ser, para Lawrence –como para Friedrich Wilhelm Nietzsche– radica en una fuerza incontenible y salvaje, que no tiene otro destino posible que el de desarrollarse hasta más allá de sus límites mismos, pues el ser será su sí mismo o no será. Hablamos aquí de vitalismo, tantas veces confundido con el irracionalismo en una interpretación negativa y varias veces recurrida, cuando para Lawrence, para Bert, ese ser en sí mismo es lo opuesto absoluto a la mediocridad y el sojuzgamiento del hombre contemporáneo, su ciego obedecer a las restricciones sociales, su silenciamiento permanente entre dos extremos: los dictados del instinto –camino hacia el ser identificado con su esencia– y la forzada convivencia con otros seres tan dominados como él, que ratifican y hacen cumplir esa ley marcada en la carne, impresa en nosotros, como tan bien lo expresara un contemporáneo de Lawrence, Franz Kafka.
Por ello el gran novelista y veremos que no menos valioso poeta, Bert, identificó la revuelta del espíritu con la predominancia del instinto, lo sexual, la vitalidad pura, único llamado capaz de devolvernos, siquiera en parte, al estado natural del hombre, consustanciado con el resto del universo y por ende, con lo salvaje, aquello que vive fuera de las ciudades, las que son el emblema mismo de la faceta de lo civilizado que tanto aborrecía. Por ello buscó Bert las huellas aún presentes de esa armonía primitiva fuera de Europa, en Australia, en México, como lo haría pocos años después ese otro gran heresiarca, Antonin Artaud, en esas mismas mesetas y montañas mexicanas, tras la cultura tarahumara. Donde la civilización  no pisa, camina el hombre todavía, tal el credo de ambos escritores.
Que hay algo de religioso en esas propuestas, lo hay. Bert era, como Artaud, un moralista a su manera y si fue acusado y perseguido como un pornógrafo y un procaz, fue por seguir fiel a otra moral, una que implicaba otra ética y también otra estética, que no eran de ninguna manera las de su tiempo. Y su sentido de lo religioso era más afín al del primitivo, que adora a su dios sin nombre en todo lo creado, que a la hipócrita costumbre del que cumple los ritos pensando en otras cosas. Cabe preguntarse quién es aquí el profano, si Lawrence que adora la carne, la materia como expresión viva y palpitante de lo divino, sin separarlo del cuerpo, o el mediocre que fue su contemporáneo y hoy es el nuestro. Como profano y mejor definido aún, profanador, es aquel, en la época de Bert y en la nuestra, que convierte el ejercicio de la poesía y la literatura en una mera carrera detrás de reconocimientos y prestigios que nada tienen que ver con la materia que tiene entre manos. Es la versión literaria del mediocre común, su avanzada en las letras. El ejemplo de Bert no puede ser más transparente: le sobraba talento, ideas y capacidades para convertirse en vida en uno de los autores más celebrados del momento, con sólo aceptar las premisas de su tiempo, amoldarse a lo que el bien pensante lector y los medios buscaban y requerían; en vez, eligió una existencia miserable y perseguida, optó por la pobreza y el desprecio y ni aun la enfermedad logró hacer que se desviara un centímetro de lo que se había propuesto, que la vida, la verdadera vida, fluyera por las páginas de sus novelas, sus cuentos y sus poemas del mismo modo que corría por sus venas, con igual intensidad y con no menos frenos.
Lawrence jamás pensó que la literatura fuera algo distinto, sencillamente porque no podía pensarla, siquiera imaginarla de otra manera.
El criterio académico de otros tiempos, tan propenso a etiquetar cuanto se ponía a su alcance, supuso que la obra poética de Bert podía ser ingresada en la categoría de la poesía georgiana, junto a la producida por autores como Rupert Brooke, Wilfred Owen, Isaac Rosenberg y Charles Sorley, Robert Nichols, Siegfried Sassoon y el más conocido Robert Graves, una corriente que luego desembocaría, para algunos, en esa apoteosis tremenda y magnífica –pero negación rotunda de lo georgiano– que es La Tierra Baldía, de Thomas Sterns Eliot. Situar a Lawrence entre los georgianos es una falacia y también una comodidad para ese tipo de lectura, pues obedece al confortable procedimiento de ubicar a los poetas en tal o cual período no por lo que escriben sino por cuándo lo escriben. Los georgianos, como grupo, fueron una consecuencia del desencanto producido por la época y el repudio de las convenciones victorianas que habían llevado a la poesía británica a un punto muerto; en esa instancia, los georgianos apelaron a una suerte de revival de los orígenes, a los ecos de la gran poesía romántica inglesa, con un retorno de la exaltación de lo popular, lo sencillo y accesible a las masas (al menos esa era la intención) y una reivindicación de la Inglaterra rural que la mayoría de ellos, hijos de la revolución industrial, nunca habían conocido. Lo genuino, lo real, lo que se ubicaba en las antípodas del presente fabril y militarista que les tocó vivir se situaba en el campo y la identificación con paisajes, animales y cosas inanimadas y sencillas, en una suerte de panteísmo moderno que no dejó de ser aprovechado por los medios y el gobierno para propagandizar lo que se quiso mostrar como una poesía patriótica; no en vano el mecenas de los georgianos era Edward Marsh, el secretario personal de sir Winston Churchill. Los georgianos cayeron en la trampa de esa supuesta renovación nacionalista de la poesía inglesa y fue la llegada de La Tierra Baldía lo que le puso fin a aquella ilusión de la cultura. No es extraño apreciar que en la poesía inglesa actual hay una corriente parecida, reminiscente de la campiña inglesa y sus encantos pretéritos, cuando se repite una crisis semejante a la de comienzos del siglo pasado.
¿Qué tiene de similar la obra poética de Lawrence con los georgianos? Nada o prácticamente nada. El débil parentesco estaría dado por su apelación a lo vital, pero él lo hace en un grado mucho más intenso que el empleado por aquel movimiento del siglo XX y allí termina todo contacto posible. Sucede que los grandes poetas, en todo tiempo, no pueden ser encasillados en una corriente literaria determinada y Lawrence ciertamente lo es. También se ha creído ver una relación con los georgianos por su empleo de algunos arcaísmos o de expresiones propias de su lugar natal, los Midlands, pero eso es un detalle de color en los georgianos, de peso casi turístico, mientras que en Lawrence siempre es un brusco bajar a tierra la exaltación que alcanzan sus versos, combinando su expresión con los modismos del hombre común para darles así una potencia todavía mayor: Lawrence hace volver atrás sus versos, a lo prosaico, digámoslo así, como quien retrocede para tomar mayor impulso y arremeter todavía con mayor violencia.
Muy amigo de los contrastes, Lawrence tendrá siempre presente uno como su favorito, el de la belleza y la muerte, pero no como opuestos sino como elementos complementarios, su particular manera de hablarnos de un tercer asunto, que conforma el núcleo de sentido del poema o mejor dicho, es el sentido mismo del poema. En la obra poética de Lawrence los ejemplos abundan, como en “Ladrones de cerezas”, donde Bert nos dice:

Bajo las lucientes cerezas, con alas plegadas,
   yacen tres pájaros muertos:
un mirlo y zorzales blancos, ladronzuelos
    manchados con tintes de grana.                 

Bajo el pajar, una muchacha riéndose de mí,
    con cerezas colgando de sus orejas –  
Me ofrece su fruta escarlata: voy a ver
    si ha vertido alguna lágrima.

Otro aspecto de la poesía de Bert es su crueldad aparente, otro recurso para hacer evidente el contrapunto entre los pares de opuestos, de donde surge una idea de lo vital como elemento englobador y continente del ser. Así, en el poema titulado “Conejo atrapado en la noche”:

¿Por qué te escurres y luchas así, conejito?
¿Por qué yo querría estrangularte?
……………..
Debes ser tú el que desea
este intercambio de los monstruosos dedos negros de Moloch 
en los borbollones de sangre en tu garganta.
……………

Y siempre como contrapartida, la presencia de una búsqueda –la misma que animó su peregrinar por países y circunstancias– de un sitio donde estar libre del miedo, como en “Canción del hombre que es amado”, cuando nos dice:

Entre sus pechos está mi hogar, entre sus pechos.
Por tres lados me hostigan el miedo y el espacio, pero mi torso respira
tibio en la fortaleza de sus pechos.

Todo el día estoy alegre y ocupado en mis tareas         
no hace falta que cuide mis espaldas del terror que acecha detrás.
Estoy fuerte, soy feliz en mi trabajo.

No hace falta velar por mi alma, engañar el miedo con plegarias;
vuelvo a casa cada noche, veo la querida
puerta con cerrojo, y me guarezco, libre de miedo.

Queda evidenciado en los breves versos que acabamos de leer otro elemento más, esta vez un recurso de estilo, que es una de las características de su poesía, una que me hizo notar un jovencito hace años, cuando le leí una traducción de Lawrence. Con magnífica síntesis, el chico me dijo: “ese tipo escribe viejo”; y es verdad, Lawrence “escribe viejo” pero no sólo para nuestra época tan afecta a las novedades estilísticas que hasta pueden cubrir decorosamente la falta de ideas; Lawrence escribía añejamente también en su tiempo, cuando en el continente se estaba desarrollando el dadaísmo, esa nitroglicerina que haría estallar la poesía para que luego su hijo, el surrealismo, viera de reacomodar las piezas; en fin, que nos encontramos en la edad moderna todavía, en pleno florecimiento de las vanguardias. Inglaterra ha sido siempre muy conservadora y renuente a importar ideas del continente; si lo ha hecho alguna vez, fue siempre adaptándolas a su cultura, de algún modo engulléndolas y dándoles otro sabor, otra textura y otro color. No en vano los únicos poetas surrealistas británicos, bretonianamente ortodoxos que encontramos han sido David Gascoyne (por otra parte, muy tardíamente reconocido por la crítica inglesa en su justo valor) y en menor medida Leonora Carrigton, quien fue fundamentalmente pintora y narradora. De hecho, Bert recién adopta el verso libre hacia 1914 y ello, por influencia de sus lecturas de Walt Whitman. No es de extrañar, entonces, que Bert empleara formas de estilo más relacionadas con la centuria anterior que con el vanguardista siglo XX para escribir buena parte de su obra poética.
Pensemos que aún en términos actuales la de Lawrence es una obra poética de dimensiones importantes. Escribió en su vida casi un millar de poemas y aunque sea mejor conocido por sus extraordinarias novelas, sus versos son imprescindibles, como los de todo genuino autor del género. Y Bert, sin  lugar a dudas, lo es.

Nota: las traducciones de los poemas de D.H. Lawrence pertenecen a Carmen Vasco, de la antología por ella compilada y traducida como “Uvas y otros poemas”, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2013.



Narrativa

LA AUTOPISTA DEL SUR
Julio Cortázar ©

Gli automobilisti accaldati sembrano non
avere storia… Come realtà, un ingorgo auto-
mobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964.

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por el retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los dos hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.
A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo la sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que le caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essonnes se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerando ose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.
A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.
No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataban el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.
A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde las filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban de otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.
En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Cub se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Cub lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Cub, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.
En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo de 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Cub sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.
Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las radios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos. Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.
Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte: a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a París. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.
A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres; nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; los enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente unas ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.
Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. El ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.
Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo salieran al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Los sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara por quedarse tan callado como el piloto del Caravelle. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose una valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a las monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa; llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.
Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Se estableció una lista de prioridades, se distribuyeron los abrigos. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó sobre el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.
Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio.
Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la tienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.
Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizá doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.
A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y la del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en busca de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.
Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Chevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizás escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.


ANÁLISIS DEL CUENTO “LA AUTOPISTA DEL SUR” DE CORTÁZAR
Héctor Zabala ©

Este cuento, que inicia el libro Todos los fuegos el fuego, publicado en 1966, es una metáfora dirigida fundamentalmente a la clase media, mayoritaria en las modernas sociedades industriales, respecto del esfuerzo y sinsabores que conlleva su progreso hacia el anhelado bienestar individual y común. Bienestar bien representado por la ciudad de París, imagen ideal de lo próspero y agradable, meta de todo humano que lucha por superarse. La autopista representa el camino o actividades hacia ese fin, camino que cuando se empieza a transitar ya no permite desviarse demasiado a derecha o a izquierda ni tampoco admite retrocesos. Cada automóvil simboliza la función de cada uno en esta moderna sociedad, sociedad en que el individuo se encuentra limitado por los otros compañeros de marcha, que en conjunto impiden también cierta visión de largo alcance para cada individuo en particular.
En la marcha están representados los distintos subgrupos sociales: empresarios, familias tipo, campesinos con destino urbano, monjas, soldados, jovencitos revoltosos, ancianos, niños abstraídos en su mundo y hasta extranjeros.
Los contactos de todos estos individuos sólo pueden hacerse dentro de un círculo muy reducido de conocidos-desconocidos, vecinos. Pero cada individuo, a pesar de estar rodeado de muchos, en realidad está solo y abandonado de hecho a sus propias fuerzas. Lo patético del asunto es que cada individuo no posee amigos entrañables sino apenas amistades circunstanciales que pueden desaparecer en cualquier momento, según cómo se desarrolle la marcha general, si lenta o rápida, al punto que quien tienen ahora al lado puede en poco tiempo perderse de vista, sea por adelantarse, sea por retrasarse o detenerse. Esta imagen es muy característica de las modernas clases medias, cuyos cambios de empleos y mudanzas frecuentes entorpecen la posibilidad de mantener amistades de muy largo plazo.
Es muy significativo que en todo el cuento no se mencione ningún nombre de persona, como haciendo hincapié de que no hay lazos de verdadero interés hacia el otro, aun en los momentos más críticos. Las identidades se reducen  a la función que cada cual cumple en ese camino representado por la autopista: el ingeniero del Peugeot, la muchacha del Dauphine, los muchachos del Simca, el viajante del DKW, etc. Es decir, como si se tratara de personas anónimas que no merecen demasiada atención de parte del compañero de ruta y ninguno de parte del Estado o de la sociedad en general.
La marcha de pronto se detiene, un imprevisto que nadie entiende provoca un embotellamiento, una patética y persistente demora, lo que da pie para pensar que nada autoriza en esta clase de sociedades modernas a prever un tiempo determinado para alcanzar la meta anhelada, lo que tampoco permite trazar planes demasiado certeros, salvo el de mantener una mera vista hacia el norte, hacia el objetivo lejano, pero sin mayores garantías.
La indiferencia del Estado moderno también es típica y bien representada. Porque tal como el protagonista de El Proceso de Kafka, que intenta conocer el porqué del juicio en su contra y es condenado sin saber el delito del que se le acusa, los personajes de esta Autopista del Sur tampoco conocen, ni conocerán, la razón real de su condena a permanecer detenidos o a moverse espasmódicamente por cortos trechos durante días y días. Y al igual que aquel personaje kafkiano, todos los de esta obra de Cortázar suponen que, ante tan manifiesta dificultad, la autoridad de aplicación informará la causa alguna vez e intervendrá luego con celeridad para desatar el nudo, pero no, no hay representantes de ninguna autoridad a la vista ni la habrá nunca. Un helicóptero es enviado en algún momento a sobrevolar la autopista y a eso se reduce todo, quizá con la idea de cerciorarse de que no hay disturbios que impliquen delitos. Se supone que allá adelante, en algún punto cercano al bienestar (París) las autoridades velan para que la marcha de todos retome su ritmo normal pero son sólo conjeturas de las víctimas de la detención, sin certeza de que tal cosa sea real. Mientras tanto todos los individuos involucrados están expuestos al hambre, a la sed, al calor, al frío, a la lluvia, a la nieve y a múltiples dificultades y necesidades más. El Estado parece decir de manera tácita que cada cual se arregle como pueda. La propia gente, ante la falta de una autoridad que coordine, se organiza en pequeños grupos para atender a las necesidades más urgentes a fin de proteger a los más débiles y así aparecen líderes naturales. En esto obtienen cierto éxito pero también rotundos fracasos. 
La falta de información oficial da lugar a rumores, que individuos cultos, como el ingeniero, no creen en absoluto o escuchan con cierto escepticismo, rumores que sólo sirven para confundir o para abrigar falsas esperanzas. Se trata más bien de maderos al que la gente busca asirse en un intento desesperado por salvarse de un seguro naufragio psicológico.
Durante la detención pasan cosas. Desde un enamoramiento con embarazo incluido, hasta suicidios o muertes por probable estrés o deshidratación, sin faltar deserciones silenciosas y peleas internas del grupo. Pese a la solidaridad que se demuestra en plena crisis, hay por momentos decaimiento y, en otros, entusiasmo para salir del aprieto. Hay también una especie de locura contenida y hasta personas que se suponen dueñas de una espiritualidad firme, como una de las monjas, caen en una suerte de psicosis o neurosis grave.
También hay sórdidas luchas sociales. La gente vecina a la autopista es tan indiferente como el Estado y en algunos casos hasta hostil. No intentan ayudarlos, hacen el vacío o abusan de pretextos legales para negarles toda solidaridad. Parece haber un transfondo de envidia o de rencor hacia esos advenedizos que se dirigen hacia un destino que se supone superior, envidia y rencor que se materializa en agresiones esporádicas. Esto da pie a la aparición de los aprovechadores, de los que lucran ilegalmente con la necesidad de resistir, y que trafican a precio de oro las cosas más indispensables porque se saben diestros para imponer sus condiciones leoninas.
Finalmente, sin que nadie sepa el porqué, la marcha se reanuda, lo que exige que cada cual retome el manejo de su propia vida, de sus propias obligaciones (bien representadas por la conducción de su propio automóvil) con ciertas libertades y limitaciones según se mueve la columna que cada cual tiene por delante. Esto hace que viejos compañeros de infortunio deban separarse irremisiblemente. El ingeniero, por ejemplo, y su enamorada del Dauphine, que ya pensaban en una hermosa vida en común, se pierden de vista por la vorágine y desesperación que envuelve a todos. Él sigue su marcha tratando de alcanzarla hasta que comprende que nunca la encontrará de nuevo. Hay por lo tanto en esta marcha que se supone progresista hacia el ideal individual y colectivo un elemento de frustración evidente: la realización personal conlleva sin lugar a dudas el sacrificio de afectos profundos que deben quedar necesariamente en el camino por superarse.
En síntesis, el autor parece señalarnos que en las situaciones críticas de las modernas sociedades la pobre gente depende sólo de sí misma, reafirmando el conocido dicho “sólo los pobres ayudan a los pobres” y que en esa marcha hacia esa meta incierta de bienestar son muchas, demasiadas, las cosas que se pierden.
Alguien podrá alegar que el cuento no intenta una metáfora porque las situaciones vividas no son sobrenaturales ni demasiado fantasiosas, pero hay un detalle que, por lo exagerado, comporta una alegoría evidente como única solución posible y es la cantidad de tiempo que supone el atasco de la autopista. En efecto, además de los seis días y seis noches que pueden contabilizarse con claridad hasta el párrafo que abre con “Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros”, se dice enseguida que “Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo” y algo más adelante que “…el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados”, dando la impresión de que pasaron semanas o quizá un par de meses en pleno embotellamiento, lo cual no lo hace razonable para ser realidad.


Julio Cortázar (escritor argentino, Bruselas, Bélgica, 26/8/1914 – París, Francia, 12/2/1984). Más información en REALIDADES Y FICCIONES Nº 3, noviembre de 2010: http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2010/11/realidades-y-ficciones-n-3-literatura-y.html



LA RAZÓN PERSONAL, ÚLTIMA INSTANCIA DE LA MORALIDAD
Anna Rossell ©
Bernhard Schlink, Mentiras de verano
Trad. Txaro Santoro
Anagrama, Barcelona, 2012, 258 págs.

Después de la famosísima novela El lector, que catapultó a Bernhard Schlink a la fama –traducida a 39 lenguas, fue el primer libro alemán que encabezó los más vendidos en la lista del New York Times–, cualquier nueva publicación del autor es esperada con impaciencia y hasta acogida con exagerada generosidad. Es difícil superar o incluso igualar el logradísimo equilibrio entre la acertada selección de ingredientes que reunía El lector: polémico por excelencia, sobre todo en su país, por poner el tema del nacionalsocialismo una vez más en la palestra bajo una óptica osada y renovada, el arte de saberlo prolongar planteándolo en su vertiente filosófica universal, una buena dosis de suspense en el desarrollo y la habilidad para suscitar una porción de mórbido interés a través de la relación sentimental entre sus protagonistas, un joven alumno de instituto y una mujer madura. Mentiras de verano, publicado en Alemania en 2010, que desde abril de 2012 cuenta ya con la segunda edición en España, no ha sido concebido con la ambición de la novela, ni tan siquiera con la algo más modesta de la serie del inspector Selb del mismo autor, de la que el lector hispanohablante puede gozar también en lengua española. El acertado título parece querer no llevar a nadie a engaño, anuncia la intención de una serie de textos sin desmesuradas pretensiones, de fácil lectura y temática desenfadada, ideal como entretenimiento de verano. Y cumple con este objetivo esta colección de siete cuentos, que, con todo, sigue teniendo el sello filosófico que caracteriza todos los escritos de su autor, que tampoco ahora renuncia a plantearse preguntas y a confrontar a sus lectores con la complejidad del comportamiento humano.
Bernhard Schlink
Bernhard Schlink (1944, Goßdornberg, Alemania), parece querer compensar en la ficción literaria el espinoso realismo de la práctica de su profesión de juez, pues todas sus obras giran en torno a la dicotomía ley versus justicia como dos planos diferentes condenados a no coincidir. Y si bien el autor pretende plantear el tema de modo imparcial y lanzar al aire la pregunta sin arriesgar una respuesta, se insinúa claramente la tesis de que la injusticia es inherente a cualquier sentencia. Así tanto en la serie policíaca de Selb como en El lector, la ley se nos presenta como un instrumento inapropiado para administrar justicia y en este último se hace evidente que la moralidad y la legalidad siguen caminos propios y trabajan con materiales distintos. A Schlink le interesa estudiar esta temática, que a menudo le hace plantearse la moralidad de la verdad y la mentira. Ya El lector partía de una mentira en el desarrollo de la trama. En Mentiras de verano, Schlink explora las consecuencias de la mentira (o de silenciar la verdad) en la vida de los protagonistas de sus siete historias –algunas algo forzadas– y en sus relaciones. En este caso el autor alemán sale airoso en su intención de no juzgar a sus personajes, la voz narradora se abstiene de cualquier opinión, ni siquiera insinuada, y se limita a su papel de observador imparcial que transmite los hechos tal y como supuestamente sucedieron. Tampoco existe en lo narrado un intento de introspección sicológica, si hay que arriesgar alguna tesis, quizá entonces la de que todos los seres humanos nos servimos en la vida de la mentira, más o menos consciente –también del autoengaño–, para compensar nuestra debilidad y encontrar el propio equilibrio en situaciones de otro modo insuperables o superables sólo con dolor y dificultad. Ante la imparcialidad del narrador cada historia –una breve incursión en la vida cotidiana de individuos corrientes– lleva al lector a plantearse por sí mismo el porqué de la mentira, incluida la propia; a cada lector le corresponderá en cada caso la respuesta. Vistas las Mentiras de verano como una parte del conjunto de su obra, diríase que el autor subraya la motivación personal como único y auténtico referente moral.



EL PRIMER BEST SELLER
María Amelia Díaz ©

1905. Sobre el empedrado de la ciudad de los Buenos Aires pasan los landó llevando damas y caballeros elegantes, los vendedores ambulantes gritan y la policía montada hace su ronda. A la hora del paseo por los bosques de Palermo “las más bellísimas niñas y señoras porteñas” suben a sus carruajes. Los caballeros hablan de democracia y discuten de política aunque los comisarios y jueces de paz manipulen el voto. Dos de cada tres habitantes de la ciudad son inmigrantes despreciados por los criollos. Manuel Quintana es presidente.
Es entonces cuando aparece “Stella”, una novela de tono rosa y contenidos románticos que se convirtió rápidamente en un éxito. La primera edición se agotó en tres días y  se hicieron nueve ediciones, fue tal el éxito que un librero de la calle Florida debió emplear una persona para que se dedique con exclusividad a la venta del libro. El doctor y escritor Bartolomé Mitre adquirió diez ejemplares.
Hoy todos sabemos qué es un best-seller, pero ¿lo sabían entonces esos habitantes citadinos?
La obra, aparecida misteriosamente a la venta sin mención de autor, tuvo una segunda edición impresa bajo el seudónimo de César Duayen. Y luego fue traducida a varios idiomas y prologada por Edmundo de Amicis, hasta 1932 Stella vende en el país y en el exterior 300.000 ejemplares, a los que habría que sumar los posteriores, ya que hasta la década del 40 sigue editándose con regularidad, sin olvidar que en la actualidad hubo una nueva reedición hecha por la editorial Buena Vista en 2011.
Fue celebrada como escritora por diversos autores de la época, por ejemplo Gabriela Mistral, quien le dedica el poema La oración de la maestra (1925).
Emma de la Barra

¿Quién era este desconocido autor? ¿Quién es, se preguntaron críticos y lectores asiduos? Un periodista de El Diario, Manuel Lainez, develará el misterio del seudónimo César Duayen: “Corresponde a una bellísima dama, la señora Emma de la Barra.”
Narradora, traductora, colaboradora en revistas de su época, nacida en Rosario en 1861 en la época de Nicolás Avellaneda y fallecida en Buenos Aires el 5 de abril de 1947, Emma de la Barra vino al mundo en el seno del matrimonio formado por Federico de la Barra –un reputado político y periodista, miembro del Congreso de la Confederación Argentina– y Emilia González Funes –una mujer culta y elegante, procedente de la alta sociedad cordobesa–. El padre solía organizar, en su propia residencia de Rosario, animadas tertulias en las que participaban los personajes eminentes de una ciudad que estaba en pleno auge demográfico y económico
Influida por el ejemplo, la pequeña Emma se interesó por el Arte y comenzó a estudiar música y pintura, actividades en las que continuó demostrando su talento cuando, aún en plena infancia, se trasladó con toda su familia a Buenos Aires. En la gran capital tuvo ocasión de ampliar sus conocimientos en otras materias, aunque siempre de un modo autodidáctico o por medio de preceptores particulares. Siendo adolescente, comienza a asistir a reuniones literarias y a mitines obreros. Igual, como a todas las de su clase, ni bien excede su edad, la casan con su tío Juan de la Barra (hermano de su padre). Es un matrimonio por conveniencias. El ahora tío-marido de Emma la dobla en edad y la redobla en fortuna pero la consiente en cualquiera de sus actividades. Emma prosigue con sus actividades socio-culturales y ofrece conciertos de piano y canto. Durante esos días, ella descubre su vocación de escritora.
Fundadora y presidenta de la Sociedad Musical Santa Cecilia, de la primera Escuela Profesional de Mujeres, cofundadora junto a Elisa Funes de Juárez Celman de la Cruz Roja Argentina, además de escritora, Emma, es mujer de empresa y dueña de una muy considerable fortuna que resuelve invertir en la fundación de una ciudadela en el centro de la localidad de Tolosa, próxima a la ciudad capitalina de La Plata, aún en proyecto fundacional. Le preguntaron cuántas casas integrarían ese complejo y Emma contestó: “Como mil casas”. En realidad serían 216 casas de techo bajo, tres habitaciones, un patio en común con aljibe de estilo colonial. El drama para la fundadora fue que el doctor Dardo Rocha en 1882  se le adelantó con otra fundación que consistió en la ciudad de La Plata y el ingeniero Otto Krause apresura el evento de unos palacios y parques deslumbrantes, y “Las mil casas” estaban a medio construir. Cuando el pelotón de inmigrantes llega para trabajar en las edificaciones platenses, se desparraman en conventillos y sitios vecinos al centro, que es el lugar de trabajo. En 1887cuando se terminan, las casitas fueron alquiladas a obreros del Molino La Rosa. Con el tiempo, por falta de mantenimiento, el viento se las llevó dejando ahí un tugurio de “okupas” y a Emma en la ruina. En ese tiempo y luego de enviudar contrae enlace con el periodista Julio Llanos.
Llegó la Primera Guerra Mundial y Llanos ocupó su pluma haciendo crónicas desde Europa para el diario La Nación, que no siempre estaban escritas por él: Emma –ahora firmaba directamente Julio Llanos– solía hacerse cargo de los textos. Años después, esas crónicas fueron recopiladas y salieron publicadas en un libro que firmó Julio Llanos... con una dedicatoria a Emma de la Barra.
Por entonces la casa editorial barcelonesa Maucci –que publicó Stella- le adelante a su autora $ 6.000 por una primera tirada de 5.000 ejemplares de su siguiente novela –Mecha Iturbe– caso sin precedentes en nuestra literatura, no sólo porque lo máximo que se había pagado antes a un escritor fueron $2.000 a Florencio Sánchez, sino por el número de la tirada.
En 1943 se realiza la película basada en Stella,  con dirección de Benito Perojo y guión de Ulyses Petit de Murat, Stella llegó a la fama de la pantalla grande nada menos que protagonizada por Zully Moreno.
“La trayectoria de Emma de la Barra es significativa para nuestra historia literaria, no sólo porque escribió un libro con valores destacables, sino porque consiguió subyugar a un público amplio y exigente. El hecho de ser mujer agrega al fenómeno producido con “Stella” un ingrediente sugestivo, dadas las luchas que en aquel tiempo comenzaban a liberarse en pos de los derechos civiles y políticos”. (Sosa de Newton, Lily, Stella, César Duayen, un best-seller de 1905, en revista El Grillo, Año 2 - Nº 6, Agosto-Setiembre 1992)
¿Cuáles son las cualidades que produjeron el triunfo rotundo de la obra, que según lo define la propia autora fue escrita con el fin de presentar una típica familia porteña aristocrática de sus días?
Al iniciarse el siglo hay en Buenos Aires tres clases sociales netamente definidas: en la base de la pirámide está la clase baja compuesta por obreros, proletarios, vendedores callejeros, pequeños comerciantes, organilleros; el viejo pueblo criollo al que se ha sumado una nueva oleada de inmigrantes  malviviendo en los conventillos del Centro y las casas de chapa de la Boca. Un poco por encima surge la reciente clase media nacida de la clase baja, que ha ascendido gracias a la escuela pública, llegando muchos de sus integrantes a obtener títulos universitarios. Pero hay un tercer estrato que ocupa la parte más alta, elitista, cerrado a las clases anteriores, que habita las grandes mansiones de Buenos Aires y está compuesto por estancieros y terratenientes. Son los abonados a la Ópera y más tarde al teatro Colón, concurrentes asiduos del Jockey Club, el Club del Progreso y el Círculo de Armas, los que aparecen en las crónicas sociales de los diarios. Ésta es la clase a la que pertenece Emma de la Barra y la que retrata en su novela anticipándose en el tiempo a la temática del escritor Manuel Mujica Lainez, su propia clase social que observa y disecciona empleando un realismo suavizado en los elementos “feos” que se  eliminan dentro de un marco lujoso donde afloraban las pasiones y la hipocresía.
No es novela definitivamente realista. No tiene ningún parentesco con el realismo galdosiano o zoliano, entonces en boga. No es tampoco, sensu strictu, novela romántica, de romanticismo 1830. No está impregnada de “mal del siglo”, ni sacudida por el “energumenismo pasional”. (Bonet, Carmelo M., Pespuntes críticos, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1969)
Cristina Piña en el prólogo de una reciente edición de Stella 2011 escribe
“resulta una novela fascinante para el lector de hoy que, además, con más de un siglo de distancia histórica, también puede percibir la sutil articulación que hace la autora entre la situación del país en pleno período de modernización y lleno de dudas frente a un proceso cuyos alcances no distingue con claridad (…)  y las relaciones entre hombre y mujer, también en un proceso de modificación vertiginoso”.
Las protagonistas de la narración son Alejandra y su hermana Stella, esta última afectada por una grave invalidez en las piernas, lo que obliga a la otra a hacerse cargo de ella. La protagonista es una señorita de clase alta obligada a casarse con un señor muy acaudalado. En un pasaje de la obra, una amiga opina de ella: “A Stella no le han enseñado a pensar”. Stella tiene su contraparte en otro personaje interesante, Alejandra, quien dice como adelantando la voz de otras mujeres “Una persona del género femenino tiene derecho a saber algo más que Colón descubrió América, tocar piano, cantar, coser y bordar en seda china”. Alejandra armó su biblioteca con libros austeros que leen los hombres y el círculo de sus amistades la motejan “Alex”, masculinizándole el nombre.
De la Barra recurre a un interesante procedimiento narrativo para presentar a ambas hermanas: una epístola que Gustavo Fussler, padre de las jóvenes, escribe a un tío materno de las dos muchachas, encomendándole que cuide de ellas De este modo, Alex y Stella se integran en la sociedad porteña como parte de la familia de su madre.
No se puede dejar de destacar la rica, lúcida, completa y compleja pintura de costumbres que nos presenta Stella, y que en gran medida explica el éxito arrollador que tuvo. El hipódromo de Palermo, las grandes fiestas donde los miembros de la sociedad despliegan  y derrochan lujo, están descriptos no con gran estilo, pero sí con fuerza y conocimiento.  Porque la sociedad porteña sin duda se vio reflejada en ella, descripta por la mirada distante de la extranjera, lugar en el que se ubica la narradora en coincidencia con la perspectiva de su protagonista, así como, según comentan los críticos de la época, se creyó reconocer a muchos personajes del momento.

Capítulo II 
Hasta hace algún, tiempo la parte norte de Buenos Aires concluía en la plaza San Martín. De allí a Palermo –el Bois–, un largo intervalo despoblado donde hoy se levanta la ciudad nueva, linda, alegre, suntuosa.
Una doble cadena de construcciones, hermosas sin carácter, extiéndese a un lado y a otro, entra al gran paseo, el cual, abrochándose a ella como un inmenso eslabón la deja prolongarse hasta Belgrano. El nombre que lleva la plaza-jardín que separa la más aristocrática de las Avenidas, de la Recoleta, –nuestra Necrópolis–, dice bien alto de quién es obra todo este útil, benéfico embellecimiento. “Don Torcuato” no necesitaba ser recordado así a los ciudadanos de su metrópolis, pero los extranjeros y las generaciones venideras debían saber que Torcuato de Alvear no fue en su país tan sólo un hombre de empuje y de gusto sino quien derribó viejas arquerías, ensanchó calles, abrió avenidas, fundó hospitales, multiplicó las plazas, estimuló la edificación, saneó, cambió, rehizo la ciudad, era también un reformador.
Delante de una gran casa, situada en estos barrios, iban deteniéndose a las siete y media de una tarde de julio, unos tras otros, carruajes particulares. Soplaba una sudestada desde hacía dos días y empezaba a caer una lluvia menuda, helada, fastidiosa, que humedecía más que mojaba y prometía ser incesante. Los lacayos saltaban y abrían las portezuelas: dos siluetas, una clara y otra obscura, aparecían y entraban rápidas en la casa. Aquellos trepaban nuevamente a su pescante y el carruaje iba a alinearse al frente.
A la media luz de la calle, envueltos en el velo gris de la niebla y de la lluvia, la fila de cajas negras con los cocheros y los lacayos encapuchonados en  sus capas de goma, parecían formar un convoy fantástico.

Se ha descalificado a Stella como una novela menor, de tono rosa “pero cuando ponemos a Stella junto a las novelas de Carlos O. Bunge o, unos años después, de Manuel Gálvez, o comparamos su prosa con la de La guerra gaucha de Lugones, las cosas se ponen en su lugar, ya que lo que puede resultarnos sensiblero o romanticón en la obra de César Duayen está también en la de sus colegas varones, sólo que disculpado y justificado por los encargados de delimitar el canon literario. Es decir, que los rasgos que hoy nos molestan, más que ser propios de un estilo individual están vinculados con la sensibilidad y el estilo de la época, con la salvedad de que, por tratarse de una mujer y, encima, con un éxito arrollador, los custodios de la “tradición nacional” los han contado como “defectos” y, en consecuencia, la han dejado de lado.” (Cristina Piña, prólogo de Stella, edición 2011)
Sin embargo, todos estos factores no ocultan el hecho de que para publicar, la autora –siguiendo el ejemplo de George Sand y George Eliot– haya elegido un seudónimo masculino, César Guayen, cuyo motivo ella misma reveló en una entrevista de 1933 en la revista El Hogar, con la que colaboraba: Y explicaba lo que le resultaba obvio: "¿Cómo iba a atreverme a firmar una novela? ¡Qué esperanza! Era exponerme al ridículo y al comentario.”

Bibliografía
• Duayén, César: Stella. Tor, 1933.
• Pinkus, Lydia: 90 Revista de Filología y lingüística.
• Armstrong, Nancy (1991): Deseo y ficción doméstica. Feminismos, Cátedra.
• Bonet, Carmelo: Stella y la sociedad porteña de principios de siglo. Cursos y conferencias, 44. Octubre-diciembre, 1953.
• Masiello, Francine (1997): Entre civilización y barbarie. Beatriz Viterbo.
• Oyuela, Calixto: Mecha Iturbe en Estudios Literarios. Tomo II. Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, 1943.
• Paz, Gilda: Galería de mujeres célebres. Corregidor, 1994.
• Sosa de Newton, Lily: Narradoras Argentinas 1852-1932. Plus ultra, 1995.
César Duayén, una mujer que se adelantó a su tiempo. Revista Todo es Historia, 311, 1993.
• Viñas, David: Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar. Si, 1974.
• Piña, Cristina: Prólogo, en Duayen César, Stella, Buena Vista, 2011.



Ensayo

NARRATIVA CHILENA ULTRARREALISTA
María Isabel Amor Illanes ©

Fernando Sánchez Durán. Ensayo.
Santiago de Chile 1991,
Ed. Zona Azul, 54 páginas.

El autor de este libro tiene una gran trayectoria académica. Fernando Sánchez se ha desempeñado como profesor en las asignaturas Teoría de la Comunicación, Teoría Literaria y Semiótica. Pero quiero denotar que el autor de este ensayo sobre narrativa chilena ultrarrealista sorprenderá al lector con esta obra. Me refiero explícitamente al original sujeto que en ella expone. Literatura chilena fantástica, ciencia ficción y de anticipación.
Lo sorprendente de este ensayo es la preocupación del autor por mostrar que en Chile se desarrolló esta forma de literatura hace ya mucho tiempo. Según el propio autor, ésta data del tiempo de la Colonia, 1778. Ya en aquella época, la imaginación se revela en torno a la construcción de mundos y existencias paralelas, ciencia ficción, obras que en aquel momento, nos dice el autor, fueron prohibidas.
El texto de Sánchez Durán, además de mostrar una literatura inédita y casi desconocida en Chile, tiene la particularidad de enfocar una visión de nuestra literatura hacia un espectro más allá de lo fantástico, completando así el panorama de ésta para el lector. Extra-visión del autor en torno a este hallazgo suyo y, por lo tanto, sumamente singular.
Es notable e insólito descubrir en este libro la extraordinaria información que se difunde en relación a la literatura fantástica chilena. Si bien este género ha sido transgresor en cuanto al tema y por qué no al motivo, en esta obra quedará esto demostrado a través de varios autores.
Sánchez Durán denomina a esta producción como narrativa ultrarrealista. Aquí, además, todo es sorprendente y fascinante, como también este “ultrarrealismo” que aparece situado en un espacio narrativo de otro, donde otros también son los motivos en movimiento a los mundos paralelos que allí transtextualizan el universo del imaginario. Aquí la invención es motivo que vehiculiza a Sánchez Durán a situar acertadamente esta literatura en lo atemporal.
Muy bien dispuesto ha sido su objeto, el tiempo, que es sin duda razón y primordial sujeto de lo fantástico. No obstante, esta literatura no esperó llegar al año 2000 para aparecer en Chile.
Hay en este libro algunos autores y obras que voy a citar, como: Desde Júpiter, de Francisco Miralles, publicado en 1878. Tierra Firme, de R.O. Land (Julio Assman), 1927. Juana y la Cibernética, de Elena Aldunate. 1970. La Tierra Dormida, de Hilda Cádiz, 1969. Son sólo algunos de los escritores que el autor cita en su obra.
El ensayo de Sánchez Durán es, por qué no decirlo, asunto de estudio que apunta a una meta-realidad que ineludiblemente sale de los espejos y visiones del universo de las máquinas que se encuentran con el hombre. El autor escribe en su libro: “En lo que respecta a Chile, y en relación con este tipo de literatura, existe un hecho concreto: el lector está educado, en general, en la línea realista”. Propone así al lector un nuevo paradigma, ¿desafío o indagación de un más allá de las fronteras a las que el lector ha sido normalmente acostumbrado? Por cierto, el paradigma abrirá quizás una compleja faceta para el tratamiento del objeto de la literatura en relación a lo que la ficción descubre en el desconocido mundo de la ciencia, como idioma o lectura de una realidad abordada hasta ahora sólo por este ejemplar ensayo de Sánchez Durán.



Y algo más…

LA LITERATURA DE VIAJES DURANTE
LA GLOBALIZACIÓN DEL SIGLO XV
Vivina Perla Salvetti ©

La Era de los Descubrimientos, también llamada Revolución del Mar, por el papel que ejercieron protagonistas tales como Portugal y España, se encuentra entre los antecedentes de las transformaciones en el modo de ver el mundo que permitieron el pasaje del pensamiento medieval al renacentista, pasaje que nunca es lineal sino que involucra distintos procesos que se interrelacionan.
¿Puede una recorrida por las transformaciones de carácter histórico, como sociales y políticas ligadas a la Era de Descubrimientos contribuir a una comprensión de conceptos tales como Mapa y Marco cognitivos?
Antes de aventurar alguna respuesta, es necesaria cierta reconstrucción de época.
Uno de los factores vinculados con los descubrimientos y que facilitaron los cambios en la mentalidad europea, fueron los denominados relatos de viajes.

¿Boom Editorial en el siglo XV?
Criaturas marinas de
leyendas medievales.

Aunque parezca extraño, la información recabada por historiadores, nos permite conocer el alcance de la difusión de textos a poco de aparecer la imprenta.
Acerca del Boom Editorial a partir del siglo XV, se aportan los siguientes datos:
En 1480, las principales ciudades de Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, España, Hungría y Polonia contaban con sus propios talleres de impresión.
Se calcula que para el año 1500, estas imprentas habían lanzado entre seis y quince millones de libros, más de lo que se había producido desde la caída del Imperio Romano.
Las cifras del siglo XVI son aún más asombrosas. Sólo en Inglaterra al menos se publicaron ciento cincuenta millones de libros, para una población europea inferior a los ochenta millones. Algo semejante sólo pudo ser posible debido a que la novedad de la imprenta impregnó todas las áreas de la vida cotidiana, tanto pública como privada.
En los inicios, se publicaron libros religiosos, Biblias, breviarios, sermones y Catecismos, pero gradualmente se fueron introduciendo obras de carácter secular, como romances, panfletos, periódicos de formato grande (tipo sábana) y libros en los que se podía aprender de todo, desde medicina popular hasta los deberes de la buena esposa. Dentro de los géneros más apreciados, se encontraba la literatura de viajes. (Datos proporcionados por Brotton, 2003: 83, 84)
Los historiadores también nos advierten que ciertas prácticas editoriales de carácter fraudulento, cuentan con antecedentes que se remontan a épocas cercanas a la mismísima aparición de la imprenta. La literatura de viajes en particular adolecía de un vicio común a todos los textos de difusión masiva. Las editoriales se arrogaban el derecho de hacer “mejoras” al texto con el propósito de que fuera más vendible, llegando a plagiar episodios completos para agregarle “sabor” a escritos que a su juicio estaban excesivamente poblados de verdad, ya que el público estaba ávido de acceder a relatos fantásticos. (Fernández-Armesto, 2008)
También concuerdan en señalar que aquellos procesos sociales que culminaron en el Renacimiento estuvieron precedidos por un contexto histórico en el que los intercambios mercantiles entre Oriente y Occidente se fueron articulando con ciertas maneras de ver el Mundo.

El Libro de las Maravillas

Tal como nos han enseñado desde niños, los viajes en búsqueda de nuevas rutas comerciales fueron impulsados a partir de la toma de Constantinopla por el Imperio Otomano y los pesados impuestos con el que eran gravadas las mismas especias que mercaderes orientales transportaban hasta Medio Oriente.
Quienes hasta allí controlaban las rutas con Oriente, eran los italianos, con fuerte predominio de la ciudad-estado de Venecia. 

Manuscrito s. XV. Gente salvaje
en los márgenes de la civilización.
Por eso no debería extrañar que entre los antecedentes clásicos de Literatura de Viajes, realizados con anterioridad al bloqueo turco, encontremos el originado por las Memorias de un veneciano llamado Marco Polo (1254-1324).
En 1271, el autor, contando con diecisiete años, partía de Venecia con su padre y su tío en un difícil y peligroso viaje que los llevaría hasta el otro extremo del mundo conocido. Hasta ese momento si bien había contacto con mercaderes del lejano oriente, muy pocos europeos habían llegado hasta los confines de la Tierra.
Aunque el viaje tenía fines comerciales, una vez que los Polo arribaron a Pekín, convertida en la capital del gran Imperio Mongol, según palabras de Marco, el gran Kublai Khan no los dejó ir, movido por la curiosidad y la oportunidad de conocer de primera mano cómo eran los europeos, en un encuentro de mundos que se extendería veinte años.
Una vez establecidos en la corte, el joven Marco aprendió varios idiomas y se ganó la confianza del soberano, quien lo envió como embajador a varias misiones, en las que Marco tomaba nota de todo lo que le llamaba la atención.
Una lectura actual del diario de Marco nos revela una tensión que iría aumentando en los relatos de viajes, entre tratar de captar y registrar la realidad tal como era percibida, y la incorporación de relatos míticos o milagrosos que les referían los locales de las comunidades que visitaba.
El relato constituye una narración que testimonia por primera vez el modo de vida de la civilización china, sus mitos y sus riquezas, así como las costumbres de pueblos vecinos, hoy habitados por Siam, Japón, Java, Sri Lanka, Vietnam, Tíbet, India y Birmania, registrados con un enfoque que la convierte en antecedente válido para cualquier etnografía, realizada con espíritu tanto curioso como tolerante a las diferencias.
Marco Polo ante Kublai Khan.
Los Polo decidieron regresar a Venecia debido a que extrañaban su lugar de origen. Pero cuando llegaron a la puerta de su casa, después de veinticinco años, alguien a quien no conocían fue a abrirles. Durante su larga ausencia sus parientes los habían dado por muertos y vendido todas sus pertenencias. Nadie pudo reconocer a aquellos extraños, con ropas gastadas por el viaje y acento extranjero, a pesar de su insistencia y de las riquezas que portaban como evidencia del éxito obtenido en tierras lejanas.
Esta incredulidad no impidió (¿o quizás impulsó?) que Marco Polo durante un conflicto naval contra Génova, se ofreciera a participar como capitán de una galera veneciana, equipada con fondos propios. Desgraciadamente terminó capturado por los genoveses y enviado a prisión durante tres años, en el transcurso de los cuales su compañero de celda, escritor de profesión, registró el relato de sus viajes.
Sus contemporáneos no tomaron en serio el texto manuscrito en tiempos previos a la imprenta. Sus relatos devinieron fuente de debates y controversias. Todavía hoy grupos de expertos se dedican a investigar y autenticar los escritos de Marco a pesar de que mucha de las informaciones proporcionadas se incorporaron en mapas medievales, y fueron confirmadas posteriormente por viajeros durante los siglos XVIII y XIX. Actualmente, un fuerte consenso acuerda en considerarlo un precursor de la Geografía Científica.
No obstante, cuentan que 150 años después, la información proporcionada por Marco sobre un gran océano que bañaba la costa oriental de China, sugirió a un marino la idea de que navegando desde el Occidente, quizás fuese posible arribar a esas tierras.
Cuentan también que este navegante genovés llevaba consigo una copia de los viajes de Marco Polo, aunque difícilmente trató a los nativos que halló a su paso con el mismo respeto y tolerancia que años antes había hecho el veneciano.

Globalización y Guerra Fría
Debido al hecho de que el Renacimiento suele estar asociado con los movimientos humanistas ligados al Arte y situados en el norte de Italia, se suele pasar por alto la puja llevada a cabo simultáneamente entre Portugal y España para descubrir nuevos mercados. Este curioso antecedente de la “Guerra Fría” se tradujo en una “carrera naval” por mejorar el diseño y equipamiento de galeras y bergantines.
La rivalidad entre los reinos de la Península Ibérica por el control del comercio y las rutas de navegación internacionales, van a culminar en la firma del tratado más escandaloso de su tiempo, por el que España y Portugal literalmente se reparten el Globo: Tordesillas, firmado en 1494. Realizado con el patrocinio de Alejandro VI, el papa justifica la línea imaginaria con que divide el Atlántico entre los reinos, autorizándolos respectivamente a “navegar, colonizar y bautizar a los infieles” que a juicio del prelado “parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y ser imbuidos en las buenas costumbres”, legitimando así los abusos que se cometerían después.
Mapamundi, Florencia 1747.
La navegación en alta mar, empresa peligrosa y complicada, requería tanto recursos como apoyo institucional, por lo que era patrocinada por los monarcas, con el auxilio de particulares. Estas incursiones permitieron a los reinos involucrados extender el comercio y dominio a otros territorios.
La misma experiencia del viaje de descubrimiento suponía la acumulación paulatina de información, técnicas y conocimientos relacionados con la navegación y cartografía. Permitían reconocer las limitaciones de las embarcaciones, lo que era retomado para la realización de modificaciones ulteriores en los diseños. Además, los mismos viajes servían para recabar los datos de las cartas de navegación que se utilizarían para la elaboración de nuevos mapas.
Los registros sobre la Historia de la Ciencia, prácticamente ignoran cómo los conocimientos relacionados con la Cartografía y la Navegación Astronómica recibieron un tremendo impulso a partir del bloqueo económico de Constantinopla, contribuyendo a la avidez editorial por los relatos de viajes, que abriría nuevos horizontes.

Francis Bacon
Vale la pena apartarnos un poco y repasar el lugar que la Ciencia otorga a Francis Bacon, con el propósito de contextualizar las distintas contribuciones a lo que puede denominarse todo un cambio de época.
Francis Bacon, (1561-1626) originario de Inglaterra, es considerado clave en el desarrollo del empirismo como método científico, y precursor de las ideas elaboradas posteriormente por John Locke y David Hume.
Tal como se acostumbraba, ingresó durante su adolescencia al Trinity College de Cambridge, y sus estudios le permitieron elaborar lo que hoy denominaríamos una propuesta metodológica. Percibió que eliminando toda noción preconcebida del mundo, se puede y debe estudiar al hombre y su entorno mediante observaciones detalladas y controladas que merecen validarse por la experiencia.
A partir de sus reflexiones, Bacon sometió a revisión todas las ramas del saber humano aceptadas en su tiempo, clasificándolas de acuerdo con las facultades de la mente a la que pertenecían: Memoria, Razón o Imaginación. Llamó a este esquema “La Gran Instauración” y muchos de sus escritos pueden llegar a considerarse como distintas contribuciones a una Instaurato Magna final.
Varios siglos después, también en Cambridge, no sólo se llevaría a cabo en 1888 la Expedición al Estrecho de Torres, sino que se probaría experimentalmente lo que hoy denominamos “procesos dinámicos” de memoria a partir de los datos obtenidos por antropólogos en dicha expedición.

Literatura de Viajes y cambios cognitivos
¿Es posible reconocer en los relatos de viajes, cómo en el imaginario medieval de la Europa cristiana van emergiendo ciertos rudimentos de un espíritu más empírico y experimental?
Aventurar una respuesta permite a autores como Cáceres insistir que el cambio paulatino de la imagen del mundo no sería resultado solamente de elementos intelectuales, sino de acontecimientos históricos y contingentes vinculados con la “Carrera de Indias”, entre los que incluye la literatura de los viajes de descubrimiento.
El valor histórico de los relatos en esa época de transición no residiría en criterios de verdad o falsedad, sino en que nos remiten a un mundo que no existe más, de culturas y cosmovisiones que han desaparecido. (Cáceres 2010)
Los relatos de la Edad Media poseyeron tradicionalmente un contenido más imaginario que real. Leyendas, mitos de todo tipo, relatos de santos y milagros poblaban páginas y páginas que eran consumidas ávidamente. La operación de ubicar un relato cualquiera en un sitio muy, muy lejano, y de hace mucho, mucho tiempo, permitía que un suceso alejado en tiempo y espacio de la realidad cotidiana fuera transportado sin mediación a lugares imaginarios.
Un relato así enmarcado no establecía diferencias entre lo que se ha visto o fue contado, entre lo sucedido y lo que pudo suceder, entre lo vivido y lo soñado. Desde esta perspectiva, los relatos de viaje constituían un pasaje inmediato hacia lo fantástico o sobrenatural que se imbricaba en las representaciones cotidianas.
Por eso, teniendo en cuenta el carácter que suponían los relatos de viajes, el cambio producido a partir de las expediciones reales (en ambos sentidos semánticos) permiten observar paulatinamente cómo los criterios de lo que se considera verdad, se van deslizando hacia lo empírico.
Se trata de transformaciones difíciles de comprender desde la perspectiva del presente. Requiere situarse en un medio con conocimiento geográfico muy limitado tanto por la experiencia empírica como por los sistemas de creencias.
Viajar por aguas desconocidas implicaba atravesar desde lo experiencial creencias arraigadas en lo imaginario. Leyendas de monstruos que devoraban las naves en el fin de la Tierra, o de que el calor fuera tan intenso que hiciera hervir el mar, eran contradichas en el acto de continuar el viaje. Representó el germen de un espíritu renovado respecto al conocimiento del mundo.
Los navegantes, en tanto encargados de llevar los cuadernos de bitácora, también comenzaron a registrar todo lo que observaban, pues debían dar cuenta del éxito de la empresa a sus patrocinantes.
Lo extraño, lo desconocido, ya no tenía que ser abordado desde lo mágico, maravilloso o inexplicable. El elemento más característico de los relatos comienza a ser la verosimilitud realista y el tono de honestidad testimonial. (Soler, 2003)
Las descripciones, los sucesos siguen estando dentro del campo semántico de lo inaudito, pero el lector comienza a leer desde el convencimiento de que el punto de partida es una realidad geográfica y temporalmente localizada, sobre todo porque así lo sostienen los propios autores protagonistas.
De esta manera las concepciones más profundas fueron cambiando lentamente, no sin antes haber configurado las relaciones entre Europa y las demás regiones del Globo.

Ojos Imperiales
Mary Louise Pratt en su obra Ojos Imperiales distingue los relatos de descubrimientos del siglo XV, de los que se generaron a partir del siglo XVIII, que comienzan a relatar las incursiones europeas al interior de los continentes, para explorarlos y explotarlos de la mano de otra actividad de colonización, vinculada con la imposición de “esquemas de clasificación totalizadores” de la Naturaleza:
“La cartografía náutica ejercía el poder de nombrar. Por cierto, fue el acto de nombrar donde confluyeron los proyectos geográfico y religioso, ya que los emisarios reclamaban el mundo bautizando los accidentes geográficos y los hitos con nombres eurocristianos. Pero también en comparación, el acto de nombrar de la Historia Natural es más directamente transformador, porque (extrae) todas las cosas del mundo y las reorganiza dentro de una nueva formación de pensamiento cuyo valor radica precisamente en ser diferente del caótico original. Aquí nombrar, representar y tomar posesión son una sola cosa: el acto de nombrar produce la realidad del orden.” (Pratt, 2010)
Systema Naturae
Lineo 1735, edición 1758.
Pratt describe el Sistema Natural de Linneo como una extraordinaria creación que ejercería una impronta sobre los modos en que los europeos construían y explicaban su lugar en el mundo. Presentaba en 1735 un Ideal de clasificación unificado: La Sistematización de la Naturaleza como proyecto europeo de Historia Natural concebía al mundo como un caos donde el científico europeo imponía el orden.La Historia Natural no sólo sacaba a los ejemplares de sus relaciones orgánicas o ecológicas con los otros, sino también de su sitio en las economías, historias y sistemas sociales y simbólicos de los pueblos nativos. Dondequiera que fue aplicada la Historia Natural como manera de pensar, interrumpió las redes existentes de relaciones históricas y materiales entre las personas… Como constructo económico, la Sistematización de la Naturaleza representa al planeta reorganizado por (los europeos)”. (Pratt, 2010)
La elección del título del libro de Pratt sintetiza de qué modo la llegada del europeo impuso su mirada ordenadora a expensas de las nativas, con pretensiones de neutralidad, contribuyendo a construir la ficción de que una gran parte del planeta no tenía historia antes de ser “descubiertos” por las coronas europeas y se hallaban sumidas en un caos que requería la sabia intervención del viejo mundo.

Conclusiones
Los conceptos de Esquema, Mapa y Marco cognitivos, en tanto constructos metodológicos, contribuyen a la descripción de los complejos procesos de Memoria, permitiendo el abordaje de sistemas que se encuentran interrelacionados.
¿A qué me refiero con Mapa y Marco cognitivos? Dicho brevemente, los Mapas cognitivos remiten a aquellas referencias socialmente construidas que nos ubican en tiempo y espacio, y permiten tanto decidir como anticipar la acción cotidiana.
Mapa trébol, siglo XVI
construcción icónica del mundo.
El concepto de Marco cognitivo, de carácter lingüístico, remite a aquellos aspectos tanto verbales como no verbales que introducen el modo en que debemos interpretar los mensajes emitidos. El Marco delimita y define un determinado mensaje. Permite abordar teóricamente cómo la Oralidad y la Escritura “enmarcan” los mensajes de modo diferenciado.
Una vez presentado el recorrido socio-histórico propuesto al inicio, recorrido que por fuerza se presenta recortado y acotado pero de ningún modo agotado, creo posible aventurar una reflexión acerca de cómo las transformaciones del Mapa cognitivo de la época se retroalimentaron con la difusión de literatura de viajes enmarcadas en contexto de descubrimiento de nuevas tierras por orden imperial. Estas transformaciones fueron posteriormente integradas a un Esquema Europeo de Dominación, a partir de la denominada “Sistematización de la Naturaleza”.
El concepto de Mapa cognitivo, como construcción social, permite comprender por qué los relatos de Marco Polo, referentes al lejano y fabuloso reino de China, fueron considerados por sus contemporáneos medievales como algo que sencillamente “no podía ser cierto”.
Debió mediar el interés mercantil de los imperios para impulsar los ajustes adaptativos del Mapa cognitivo de los navegantes. Estos ajustes a su vez enmarcaron los relatos al alcance del público en general, y fueron un elemento crucial para transformar la Mentalidad medieval, que se encontraba autolimitada en un Orden Inmutable por mandato de Dios.

Bibliografía:
Brotton, J.: “El Bazar del Renacimiento. Sobre la influencia de Oriente en la Cultura Occidental. Barcelona, Paidós, 2003.
Cáceres, R.: “Navegar y Narrar, aproximaciones a la literatura de viajes en la era de los descubrimientos”. Revista Ideas Conciteg, diciembre 2010.
Fernandez-Armesto, F.: “Américo. El hombre que dio su nombre a un continente”. Barcelona, Tusquets, 2008.
Pratt, M.L.: “Ojos Imperiales. Literatura de viajes y transculturación”. México, FCE, 2010.
Soler, I.: “El nudo y la esfera. El navegante como artífice del mundo moderno”. Barcelona, Acantilado, 2003.



Nuevas colaboradoras

MARÍA AMELIA DÍAZ

(Castelar, Buenos Aires, Argentina). Docente, bibliotecóloga, poeta y ensayista. Ha publicado en poesía: "Cien metros más allá del asfalto", "Para abrir el paraíso", "Las formas secretas", "La dama de noche y otras sombras" y "Para justificar a Caín". Integra las antologías “Talleres labor y vida” (SADE, Sociedad Argentina de Escritores), "Antología sin fronteras" (Universidad Autónoma de Hidalgo, México, declarada de interés cultural por la Ciudad de Buenos Aires - CABA), "Icosaedro", "Poetas de Morón" (editada por el Municipio de Morón, Pcia. de Buenos Aires), "Oeste", "Eufonía" y "De gritos y silencios I, II y III", entre otras. Está incluida en el “Diccionario de autores” del Ministerio de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. Fue traducida al italiano y al catalán.
• Desde 1987 a 2013 ha coordinado Talleres Literarios  de  la Dirección de Cultura del Municipio de Morón.
• 1987. Recibe premiación de la SADE.
• Es distinguida por el Municipio de Morón por la tarea cultural al frente de sus Talleres (1995). Participa de la redacción de periódicos y revistas, co-editora de revista “Sofós” (1998-2000), columnista literaria de “Artes y Letras” (2000-2010) y del periódico “Y... atrévete”, declarado de interés cultural por la Secretaría de Cultura de la Nación e integra programas radio-culturales. Se desempeña como jurado literario y da charlas y conferencias sobre temas literarios en distintos puntos del país.
• Fue miembro permanente de la Comisión Organizadora del Encuentro de Escritores del Municipio de Morón (1996-2012). Dirigió el Café Literario de La Casa del Poeta (1998-2005) y actualmente coordina junto a la poeta Susana Cattaneo el Café Literario “Extranjera a la intemperie” en CABA. Formó parte del grupo literario “La luna que” (2005-2008), con el que organizó los encuentros de poetas “Tinta Buenos Aires” y “Marcha Poética” en el Salón Dorado del Ministerio de Cultura de CABA. Asistió como escritora invitada en el evento “Morón se muestra” en el Centro Cultural San Martín de esa ciudad.
Fue poeta invitada en el V Encuentro de Escritores de la Universidad Nacional de Entre Ríos y expositora en el Congreso Literario “Hacia el Bicentenario. Dos siglos de mujeres en las letras” (2009). Ese mismo año participó como poeta invitada del V Encuentro Internacional de Escritores de la Provincia de San Juan.
• 2010. Organizó con las poetas Susana Cattaneo y Susana Sachaos el “Gran Salón de Poesía del Bicentenario” en el Centro Cultural San Martín (CABA) y junto al poeta Norberto Barleand la “Marcha poética - Poesía en imagen” en el Salón Dorado del Ministerio de Cultura (CABA). Ese mismo año intervino en el Simposio Internacional de Literatura del Instituto Literario y Cultural Hispánico y en el XIV Encuentro de Poetas y Ensayistas de la Asociación Gente de Letras. Participó como expositora en el Encuentro “Las creadoras” del Museo Roca.
• 2011. Forma parte del Congreso de Poesía “7 colinas” de Rosario (Santa Fe). Participa y expone en las jornadas “Lo oculto y lo maravilloso” del Museo Roca con el tema “Bomarzo, un oscuro camino hacia la luz”. Junto a los poetas Susana Cattaneo y Jorge Cambiaso editó “Poetas sobre poetas”, una antología en que veinte poetas argentinos hablan sobre otros tantos poetas argentinos. Recibe el premio Reconocimiento a la trayectoria de ASOLAPO (Asociación Latinoamericana de Poesía).
• 2012. Forma parte del grupo “Alegría” con el que coordina los encuentros literarios en el Instituto de Antropología (CABA). Prologa el libro de poemas “Ilesa” de la escritora Kato Molinari. Organiza y promueve una serie de charlas en la Biblioteca Nacional sobre el tema “Mujeres argentinas en el arte” con participación de escritoras, músicos y artistas plásticas. Participa del Encuentro Internacional de Escritores “Por la memoria e identidad de los pueblos” en la Biblioteca Nacional. Recibe el 2º Premio Ensayo de la Asociación Gente de Letras.
• 2013. Es distinguida por la Secretaría de Políticas Culturales del Municipio de Ituzaingó por su trayectoria como escritora, expositora en el Simposio Internacional de Literatura del Instituto Literario y Cultural Hispánico y en el Simposio Grupo Némesis, Museo Roca y escritora invitada en el I Encuentro de Escritores en Castellano, Brandsen 2013. Organiza el Encuentro “Poesía en Buenos Aires Primavera 2013”. Es miembro de APOA (Asociación de Poetas Argentinos) y socia honoraria de SADE.



VIVINA PERLA SALVETTI

Escritora venezolana (Porlamar, Isla de Margarita, Estado de Nueva Esparta), residente en Villa Ballester (Provincia de Buenos Aires), Argentina. Antropóloga por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Tiene realizados estudios y trabajos sobre Historia, Arqueología, Filosofía, Psicología y Arte. Algunos de sus artículos han sido publicados en diversas revistas literarias.




REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria–
Nº 15 – Diciembre de 2013 – Año IV
ISSN 2250-4281
Exp. 5129843 Dirección Nacional del Derecho de Autor

Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina


Héctor Zabala (dirección y narrativa)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
(currículo en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/ - Suplemento Nº 56)


Colaboradores

Luis Benítez (poesía)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
(currículo en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/ - Suplemento Nº 22)

Agustín Romano (ensayo)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

Noelai Barchuk
correctora
Noelia Natalia Barchuk Löwer (corrección general)
Resistencia (Chaco), Argentina
alfana79@hotmail.com
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 13)

Tomás Stefanovics
Montevideo, Uruguay – Münich, Alemania
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 7)

Gustavo Flores Quelopana
Lima, Perú
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 8)

María Isabel Amor Illanes
Las Condes (Santiago), Chile
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 9)

Liliana Lapadula
San Martín (Pcia. Buenos Aires), Argentina
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 9)

Agustín Arosteguy
Balcarce (Pcia. Buenos Aires), Argentina - Bilbao (País Vasco), España
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 10)

Francisco Angulo Lafuente
Madrid, España
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 10)

Anna Rossell
Barcelona (Cataluña), España
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 11)

Felipe Acuña Lang
Santiago, Chile
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 11)

María del Carmen Castañeda Hernández
Tijuana (Baja California), México
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 12)

Santiago Sevilla Vallejo
Madrid, España
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 12)

Lidia Morales Benito
Salamanca (Castilla y León), España
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 13)

Patricia Eguiguren E.
Quito, Ecuador
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 14)

María Amelia Díaz
Castelar (Pcia. Buenos Aires), Argentina
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 15)

Vivina Perla Salvetti
Porlamar (Isla de Margarita, Nueva Esparta), Venezuela - Villa Ballester (Pcia. Buenos Aires), Argentina
(currículo en Realidades y Ficciones Nº 15)




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